4 de marzo de 2012

El mexicano y su indiferencia cultural.

"Nunca escribo mi nombre en los libros

que compro hasta después de haberlos leído,

porque sólo entonces puedo llamarlos míos."

-Carlo Dossi (1849-1910).

El mexicano tiene una fama ambigua por naturaleza, por desgracia la amabilidad y la fraternidad no es lo único por lo que nos caracterizamos; una terrible crisis de indiferencia cultural nos ha invadido. Poco a poco la ignorancia gana adeptos entre sus obscuras raíces no dejándonos escapar hacia un mundo donde la cultura no sea algo vilipendiado.

En México existe una basta gama de actividades y representaciones referentes a las siete bellas artes, generalmente quienes son asiduos asistentes a estos eventos son adultos y personas de la tercera edad, quienes con el pasar de los años aprecian y valoran mucho más el sentido estético del arte convirtiéndola en algo apartado ante los ojos de la juventud.

Una gran culpa de que los jóvenes de hoy tengan qn desinterés en la cultura, recae principalmente en tres “factores” , el primero es el gobierno por su aparente empeño por truncar, obstaculizar y ocultar la furtiva cultura existente en el país, el segundo es por los padres y el entorno en que viven los jóvenes que fomenta el desconocimiento artístico en sus hijos y, el tercero que hasta cierto punto exime al segundo “factor” es la ignorancia ó desconocimiento de las actividades culturales que se realizan e imparten en el país por parte de los padres quienes no pueden inculcar algo que no conocen; convirtiendo esto en un circulo vicioso, coloquialmente conocido como echarse la bolita de la culpa (ignorancia) entre todos.

La situación actual del país es alarmante con respecto al resto del mundo. Según la UNESCO, México se ubica en el penoso lugar 107 dentro de una lista de 108 países con una lectura promedio menor a 2.8 libros al año a diferencia de los 9.9 de los japoneses. El Metropolitan Opera de Nueva York realiza en una temporada anual un promedio de 30 producciones diferentes mientras que en México se producen escasos 6 títulos anualmente. Así de cruda es la situación a grandes rasgos actualmente.

El gobierno es el principal promotor de que cifras como las anteriores se incrementen con el paso del tiempo; hoy en día los gobernantes están más preocupados por ver de dónde se saca más dinero, que invertir en educación para que a mediano ó largo plazo se generen los intereses intelectuales; la educación cultural es una de las mejores inversiones que puede hacer un país con su pueblo para ayudarlo en realidad.

El pueblo no necesita que se derrochen los 16 millones de pesos que cuesta construir playas en verano ó traer nieve artificial durante el invierno en plena capital del país, necesita que regrese la materia de “filosofía” a las escuelas de bachillerato la cual fue suprimida por la Reforma Integral de la Educación Media Superior en 2009. Necesitamos que el dinero que el gobierno invierte en cultura se vaya a donde tiene que parar, pues por un lado vemos que el presupuesto de CONACULTA se reduce año con año (160 millones para este 2011) y por otro que la novia de Marcelo Ebrard cobró durante el año pasado 53 mil pesos mensuales de la nómina de la administración capitalina. Sacando cuentas Rosalinda Bueso tiene en sus manos un porcentaje equivalente al 3.9% de la Comisión Nacional para la Cultura y las Artes.

El “mejor alcalde del mundo” debería sentir vergüenza de ser condecorado con tal honor teniendo en la ciudad que gobierna más de 192 mil analfabetas de los cuales un gran porcentaje es gente joven. No se trata de no jactarse con los logros personales, pero si de hacerlo cuando se hace la mayoría de cosas bien; un claro ejemplo es Luis XIV de Francia (1638-1715) mejor conocido como “el rey sol”, una persona soberbia, altiva y orgullosa de si misma, al grado de realizar una “ceremonia para verlo despertar” o la construcción del Palacio de Versalles para mera congratulación propia; pero de la misma forma creando la Academia de las Ciencias Francesas en 1666, ó teniendo en su nómina de empleados a artistas de la talla de Jean-Baptiste Lully (1632-1687) y Jean-Baptiste Poquelin mejor conocido como Molière (1622-1673); teniendo así todo el derecho del mundo de poder vanagloriarse a si mismo escudado en la preocupación de no descuidar sus labores culturales.

Hay que luchar para evitar que acudan al Palacio de Bellas Artes a 15 eventos cerca de 30 mil personas durante todo el 2010 y de una manera ofensiva y casi inverosímil Lady Gaga congregue alrededor de 50 mil fanáticos en una sola fecha. Influenciar a los jóvenes a realizar actividades culturales no es una labor titánica, entre más pequeños introduzcan a los niños en el arte, mayor será su interés cuando lleguen a la juventud. A un adolescente que creció en un ambiente hostil y alejado de la cultura le será más complicado comprender, asimilar y enamorarse de algún arte que alguien que desde pequeño asistió a conciertos, a museos ó que tocó algún instrumento.

Cuando un padre de joven realizó formalmente alguna actividad tiene como gran expectativa que su hijo en algún momento sea mejor que el haciéndola, siendo este un gran aliciente para inculcarle dicha actividad; el problema en la sociedad mexicana es que las actividades que generalmente se heredan son ir al cine y a comer, salir a bailar y tomar o en el mejor de los casos actividades físicas como el basquetbol o el tan asiduo futbol.

Si el padre desde pequeño inculca a su hijo una visita semanal a un museo en vez de ir al zoológico, asistir a un concierto de música culta una vez al mes en lugar de rentar una película, leer en sus ratos libres en vez de navegar en Internet ó acudir al teatro o la ópera en vez de ir al cine; se generará un hábito. El joven en algún momento lo dejará de ser y se convertirá en adulto, seguramente procreará y podrá influir en sus hijos con lo que a su vez sus padres le inculcaron y ahora es normal para el. De nosotros depende el cambiar el futuro intelectual de nuestras generaciones venideras. “Las obras se tienen medio terminadas cuando se han comenzado bien” Séneca.

21 de septiembre de 2009

La Cenerentola



Una maravillosa forma de fomentar la cultura en el país, es sin duda inculcársela a los niños. Una gran idea por parte del Centro Nacional de las Artes fue el festival: Niñ@s, se levanta el telón. Cuentos, mitos e historias de ópera.

El primer título a presentar el pasado 04 y 05 de agosto fue un clásico rossiniano, La Cenerentola (La Cenicienta) en una adaptación recortada para niños. Del primer acto suprimieron todos los recitativos dejando casi todas las arias y conjuntos intactos, mientras que el pobre y rasurado 2º acto quedó muy poco. Sin intermedio y con casi 2 horas de duración el pequeño público a quién estaba dirigida la función estaba más preocupado por salir huyendo del lugar que por o que sucedía en el escenario.

El hilo conductor entre los números musicales fueron narrados por Jorge Cervantes, quién interpretó un falto de condición física, sobreactuado e ilegible  narrador, quien a mi gustó utilizaba un engorroso y dominguero texto que incluso los adultos sufrimos un poco para entender lo que Fco. Méndez Padilla quiso decir. No está mal hablarle así a los niños, pero en exceso todo es malo.

 La retumbante Orquesta Stravaganza estuvo bajo la batuta de José Arean, a quién vimos con la agenda llena esa semana pues 8 días antes dirigió el Réquiem de Faurè con la Sinfónica de Minería, salvo algunos momentos donde cubrió por completo a los cantantes su dirección fue bastante buena.

La dirección escénica muy bien lograda fue creada por César Piña quien nos ha demostrado que haciendo comedia es bastante bueno. Tomando muchos elementos de la versión fílmica de 1981 con Frederica von Stade y Francisco Araiza y los puppets ratones de la producción del Liceu de Barcelona de 2008 Piña hizo un excelente trabajo que fue aplaudido gracias a la vis cómica de los interpretes.

En una versión clásica, el vestuario pasó desapercibido; mientras que la escenografía fue solucionada con telas de manera decorosa. El octeto de hombres que fungió como coro, estuvo bastante bien gracias a la dirección de Paul Alberto Aguilar.

El rol protagónico de Angelina le fue encomendado a la mezzosoprano Cassandra Zoé quien no cuenta con una gran potencia vocal, más si con un gran portento técnico compensando así una ligera voz con una facilidad para la coloratura bastante buena; siendo atractiva y joven sacó adelante el papel. Mismo caso del tenor Hugo Colín quien interpretó al Príncipe Ramiro, una voz pequeña pero con una gran agilidad para alcanzar los agudos en la coloratura, con la mano en la cintura dio los “do” de pecho en su aria Si ritrovarla io giuro.

El papel de Alidoro fue interpretado por Luis Felipe Losada, quién casi no estuvo en escena pues le cortaron gran parte de su participación, mientras que
Dandini fue interpretado por Ricardo López quien en los conjuntos sobresalía su voz por encima de los protagónicos de voces agudas.

Pero sin duda los que se llevaron las palmas de chicos y grandes fue la familia de Cenicienta, me refiero a Angélica Alejandre en el papel de
Clorinda, a la maravillosa Aracely Fernández como Tisbeta y a Charles Oppenheim como Don Magnifico, padre de estas dos, quienes con una comicidad y gracia escénica demostraron que roles secundarios pueden tener mucho más éxito que los protagónicos siempre y cuando estén bien hechos, como éste fue el caso.